Yo también navego por las redes sociales y subo selfies, claro está. Pero a veces me gusta analizar por qué hago lo que hago, y por qué hacemos lo que hacemos como sociedad. Y me encuentro entonces con la foto de una chica magnífica: realmente atractiva, con una cara bonita, un pelo sedoso, un bikini coral y un estómago tan metido para adentro, aguantando la respiración, que parece que tuviera una soga invisible atada la cintura.
La miro atentamente. Para mí, es una diosa. De esas chicas que sacan el aliento y dejan a todos los hombres jadeando en silencio cuando pasa caminando. Lejos está de tener siquiera un gramo de más. Sin embargo, decide sacarse una foto sentada en la playa, en bikini, y su abdomen queda expuesto. Expuesto al foco de la cámara de algún iPhone, expuesto a la mirada de los 53 likes en Instagram, expuesto a las miles de fotos de modelos de panza plana que vio en su vida.
***
Cuando me siento, abajo del ombligo se me hace un rollito. No soy una mujer precisamente flaca, básicamente porque mi tipo de cuerpo no es así. También porque me gusta mucho comer helado de chocolate, y odio hacer abdominales. A veces, cuando me pongo una camiseta un poco corta y se me ve la panza, me siento frente al espejo y observo ese rollito. Es chico, es el recuerdo de cuando tuve sobrepeso, son esos dos kilitos de más que nunca logré sacar. Y entonces, me cambio de ropa porque no me parezco a Candice Swanepoel.
***

Esa cuerdita, a veces, me tironea y me hace cambiarme de ropa, no comprarme ese vestido ajustado o saltearme la cena. A veces, me hace llorar por el rollo abajo del ombligo que no puedo sacar, por tener la cadera muy ancha o estrías en las tetas, todas cosas que no puedo cambiar para ser la supermodelo de cuerpo atlético y pechos turgentes. Y sé que a vos también.
¿Cuándo nos sacamos la soga?
No hay comentarios:
Publicar un comentario