lunes, 8 de febrero de 2016

Rollos

Navegar en las redes sociales en la época estival es una proeza. Aparecen cuerpos semidesnudos, más de los que tal vez queramos ver, en la búsqueda constante de ser bellos a ojos de los demás. Bronceados, con las mejores galas, en la playa, eligiendo la selfie de moda —que ya ni sé si es la de los pies frente al mar o esa que sacamos extendiendo el brazo hacia arriba, excelente para disimular las imperfecciones y aumentar el tamaño de las tetas—.
Yo también navego por las redes sociales y subo selfies, claro está. Pero a veces me gusta analizar por qué hago lo que hago, y por qué hacemos lo que hacemos como sociedad. Y me encuentro entonces con la foto de una chica magnífica: realmente atractiva, con una cara bonita, un pelo sedoso, un bikini coral y un estómago tan metido para adentro, aguantando la respiración, que parece que tuviera una soga invisible atada la cintura.
La miro atentamente. Para mí, es una diosa. De esas chicas que sacan el aliento y dejan a todos los hombres jadeando en silencio cuando pasa caminando. Lejos está de tener siquiera un gramo de más. Sin embargo, decide sacarse una foto sentada en la playa, en bikini, y su abdomen queda expuesto. Expuesto al foco de la cámara de algún iPhone, expuesto a la mirada de los 53 likes en Instagram, expuesto a las miles de fotos de modelos de panza plana que vio en su vida.

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Cuando me siento, abajo del ombligo se me hace un rollito. No soy una mujer precisamente flaca, básicamente porque mi tipo de cuerpo no es así. También porque me gusta mucho comer helado de chocolate, y odio hacer abdominales.  A veces, cuando me pongo una camiseta un poco corta y se me ve la panza, me siento frente al espejo y observo ese rollito. Es chico, es el recuerdo de cuando tuve sobrepeso, son esos dos kilitos de más que nunca logré sacar. Y entonces, me cambio de ropa porque no me parezco a Candice Swanepoel.

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Tenemos la soga alrededor de la cintura. Es una cuerdita chiquita que alimentamos día a día mediante la publicidad, los medios que se centran el físico de las famosas y no en su capacidad para actuar, cantar, bailar o lo que sea que hagan; que crece cuando criticamos entre amigas a una tercera por lo que se puso, cuando nos miramos al espejo y nos pensamos gordas, feas, con celulitis y granos.
Esa cuerdita, a veces, me tironea y me hace cambiarme de ropa, no comprarme ese vestido ajustado o saltearme la cena. A veces, me hace llorar por el rollo abajo del ombligo que no puedo sacar, por tener la cadera muy ancha o estrías en las tetas, todas cosas que no puedo cambiar para ser la supermodelo de cuerpo atlético y pechos turgentes. Y sé que a vos también.
¿Cuándo nos sacamos la soga?

martes, 2 de febrero de 2016

Qué mierda ser adulto

Hoy fue un día de esos malos. De esos en los que la jornada laboral es intensa, dormiste poco o mal o ambas, y cuando ya estaba saboreando mi libertad, me llama mi novio para avisarme que un caño se tapó, inundó todo y él se tuvo que ir, y otra persona me llamó para pedirme que le corrija de onda unos textos... y esa mini siesta reparadora que estaba necesitando, desapareció de mi mente.
Llegué a casa y me golpeó el olor a mierda. Sí, a mierda. No a caca, porque eso sería sutil comparado con cómo olía todo. Efectivamente, el caño que da al hueco de la escalera estaba tapado y, ante un esfuerzo sublime que le había ocasionado la pileta de la cocina, se había desbordado, dejando mugre por todo el suelo. Me armé de paciencia, hipoclorito, jabón con bastante perfume, y mocho —lo siento, sigo sin acostumbrarme a decirle Mery, mopa o como sea, en este caso, prefiero la versión gallega— y me dispuse a limpiar, a destapar, a luchar contra los arácnidos que yo sentí que me atacaban como si fuera algo personal.
Tal vez suma a todo este proceso añadir que estoy por empezar a menstruar. El desbalance emocional que genera la montaña rusa hormonal me frustró, Y suma más el útero en retroversión, posición anatómica no normal que me genera fuertes dolores. Y limpiar excesivamente no ayudaba a nada de eso: me dolía, me cansaba, y parecía que la caca desparramada por el piso no se iba a terminar más.
Pero terminé, eso es un hecho: exhausta, me di una ducha que no disfruté e intenté ir derecho a la cama. Pero di mil vueltas porque me dolía apoyarme sobre la espalda baja, y porque mi odio visceral y casi de nacimiento a los cambios de planes —más si me cambias una tarde tranquila de siesta, cocina y escribir por limpiar un caño— me puso de tremendo mal humor.
Me puse a pensar qué iba a cocinar, porque mi novio volvía a casa a las veintidós horas e íbamos a tener hambre ambos. Había unos garbanzos en remojo. Son buenos, porque tienen hierro. Puse el jueguito de cocina en la Nintendo DS, y busqué "garbanzos". Me propuso garbanzos con curry o con cordero, cuál de los dos más desacertados para una noche de febrero. Me enojé, dejé la Nintendo a un lado y me acurruqué, con frío pero sin ganas de apagar el ventilador. Me dormí unos veinte poco reconfortantes minutos en los que bruxé, y me levanté con ese espantoso dolor de mandíbula y dientes ya tan conocido. Y me puse a pelar papas.
A medida que pelaba ese primer y maravilloso papín orgánico que tenía entre mis manos, me di cuenta de que estaba enojada. De mal humor. Tensa. Respiraba agitada desde hacía, al menos, tres horas. Y eso no estaba bien, porque me estaba dejando llevar por la adultez, esa que parece que te llega cuando te tenés que empezar a hacer cargo de cosas, pero que simplemente te hace ver todo lo negativo de una mala situación. Me di cuenta de que todas las trabas que había tenido en los cuatro meses de vida independiente las había sorteado, más peor que mejor, gracias a la emoción de tener casa con reglas propias y muebles elegidos a mi gusto, emoción que tal vez ya se estaba diluyendo, dejando paso a una adulta amargada que no podía ver lo importante de tener todo lo que tenía, incluso el caño tapado. Fue un discurso muy estilo Cris Morena con resaca, pero al menos me sirvió para que se me fuera la rabia y, por un rato, no fuera más adulta.

domingo, 31 de enero de 2016

Para siempre

Una de las primeras cosas que me preguntaron cuando me hice mi primer tatuaje, allá por los 13 o 14 años —no recuerdo bien— fue si no me daba miedo que fuera para siempre. Como si algo para siempre fuera algo terrible. Con el paso del tiempo, muchas veces más me cuestionaron decisiones drásticas, grandes, pero que no necesariamente eran tan para siempre como aquel tatuaje.
Tal vez porque siempre fui muy segura de mis actos, porque tengo un poco de impulsiva y mucho de racional, nunca me dieron miedo las cosas duraderas, difíciles de volver atrás. También porque creo que todo —"menos morirse", diría mi vieja— tiene solución si encontramos que no nos gusta lo que acabamos de elegir. Hasta un tatuaje feo o escrito con faltas de ortografía. Pero me doy cuenta que, a mi alrededor, la mayoría de las personas no piensan como yo.
Veo personas muriéndose de miedo de cambiar, por si algo no resulta bien. Ya sea dejar el trabajo de oficina de nueve horas que los agota y no les llena el alma para elegir eso que si les da vida; irse a otro país porque quieren, porque les gusta, y porque sí; animarse a invitar a salir a esa persona que los mira de reojo y les tira todos los "sí" silenciosos —nótese que este fenómeno dura aún si la relación prospera, en los momentos importantes como "¿querés irte a vivir conmigo? ¿querés casarte conmigo? ¿querés tener un hijo conmigo?"—.
No sé de quién es la culpa. Está bueno decir que es culpa de la sociedad, porque así seguimos sin replantearnos ni un poco nuestras vidas. Pero la sociedad somos nosotros, cada uno de nosotros que elegimos quedarnos en el molde, no luchar, tener miedo, elegir lo fácil, querernos poco. Por eso le tenemos miedo al para siempre: porque no nos conocemos lo suficiente como para saber con certeza que queremos algo para el resto de nuestra vida, porque nos hemos vueltos cínicos y pretenciosos y rompimos el amor, la libertad y la felicidad. Y por ende, no sabemos tomar nuestras propias decisiones con seguridad, sin estar pendientes de lo que piensa el resto, sin miedos.
También es cierto que hay un grupo pequeñito de gente que está en el otro extremo —también culpa de "la sociedad"—, que son esos que hacen cualquier cosa sin pensar ni un poco. Me hago un tatuaje en el medio de la frente con el nombre de mi banda favorita porque ahora me gusta y me da igual después; me mudo de país porque hace tres días que lo vengo pensando hasta que en el aeropuerto me deportan porque ni siquiera averigüé si precisaba algo para entrar; le digo que lo amo al pibe que conocí hace un mes porque soy así de intensa en mis sentimientos, pero en un rato voy a amar a otro. Son los menos, pero de vez en cuando uno se encuentra a ese torbellino de personas a las que el para siempre no tiene ningún valor.
Somos una sociedad de extremos, ¿no? Estás los atemorizados, encerrados en el traje de oficinista y en la relación de pareja con la que solo miran series de Netflix porque no tienen ni medio tema de conversación; y los otros que se comen el mundo sin medir las consecuencias, y se rompen —y rompen a los demás—. Estaría buenísimos que no le tuviéramos miedo a las cosas que son para siempre, que supiéramos qué queremos que en nuestra vida se mantenga —el tatuaje, la pareja, los amigos, una profesión— y qué podemos tomar como aventura pasajera, como elemento temporal, aunque importante, en nuestra vida. Y así, no andar vendiendo para siempres cuando no se debe, ni andar perdiendo para siempres cuando vale la pena tenerlos.

martes, 8 de diciembre de 2015

Ritual de apareamiento

Todas las especies tiene un ritual de apareamiento. Los humanos somos los más complejos en este sentido, ya que el ritual no solo se basa en nuestro instinto reproductor, sino también en el amor y en una serie de construcciones culturales en base a la monogamia —aunque eso a algunos les parece algo bastante accesorio—.
Tenemos millones de normas estipuladas para este ritual, que resulta prácticamente imposible realizarlo sin errores. Por eso, cuando por fin conseguimos a nuestra "presa", actuamos de forma estúpida y molesta, nerviosos por todos lados.
El hombre debe pedirte salir. En la primera cita hay que ir a cenar o tomar algo, no puede haber sexo. Hay que vestirse de una manera específica, y las mujeres deben maquillarse. No hay que hablar de ex, ni de ninguna flaqueza personal. Hay que demostrar todo lo maravilloso que uno es, y reírse hasta forzadamente de lo que el otro dice. Él debe pagar, o al menos, hacer el ademán —no olvidemos que estamos en la era del feminismo, pero parece que la "caballerosidad" sigue imperando en el mundo de las citas—. En la despedida, puede haber algún beso, fugaz y poco sexual. Ese día no debe haber otro tipo de comunicación, pero la falta de la misma tampoco debe extenderse mucho en el tiempo, por si el otro considera que perdimos interés.
Si todo esto sale bien, habrá una, dos, tres y cuatro citas. En alguna —generalmente, la tercera— habrá sexo. Poco a poco, se dejarán de lado los temas triviales, como qué música le gusta a cada uno o el frío que hace hoy, para cambiar a temas más personales. Obviamente, sin dejar caer la máscara de perfección.
El tiempo pasará, más o menos bien, en esa etapa que muchos llaman "enamoramiento". El otro es perfecto para uno, y vaya si lo es, porque estamos tan imposibilitados de acción propia que actuamos como debemos actuar para agradar al otro que, realmente, no tiene muy claro si todo lo que estamos haciendo es lo que le gustaría que alguien hiciera.
Y un día, "se viene la noche", como diría mi abuela. Te das cuenta que te molestó algo que siempre estuvo ahí, pero de manera maquillada —por el otro, pero también por uno mismo—. Y comenzas la primera de tantas discusiones. Algunas tienen un asidero real, una molestia concreta; otras simplemente son la rutina diaria de discutir con alguien de quien ya no nos sentimos enamorados. Porque no era esa persona que demostró desde la primera cita: solo el tiempo fue sacando las máscaras y matando la idea de haber encontrado a la persona única para nosotros.
Hasta que se termina. Lloramos, capaz que queremos volver —y capaz que lo hacemos—, y maldecimos el momento en que nos dejamos engañar por el amor, jurando no volver a enamorarnos.

***

Y yo me pregunto, sinceramente, ¿es tan importante que se haya puesto perfume o no? ¿O que le gusten los Rolling Stones tanto como a ti? ¿Son cosas que cambiarán el rumbo de una relación?
Capaz que está bueno que, aunque nos de miedo el rechazo o la decepción, nos comportemos como realmente somos en esa primera cita. Y que sea un desastre si tiene que serlo. Porque solo así seguiremos una relación que verdaderamente valga la pena, algo que no se rompa, algo que, al menos por un tiempo, se asemeje más al amor. Y llegue un punto en el que de verdad lo sea.
Entonces, la clave del éxito del ritual de apareamiento está en que no se asemeje a un ritual de apareamiento.

domingo, 6 de diciembre de 2015

Sea feliz con su pareja YA

Primero que nada, debe saber usted que esto no es un blog de autoayuda. Aquí no escribe una discípula de Coelho que ofrece soluciones mágicas a sus problemas, pero estoy casi segura de que, al menos entre las personas normales, estos consejos servirán de ayuda.
A veces pasa que, cuando estamos en pareja, surgen problemas. Los seres humanos somos terribles, ya que tenemos la capacidad de convertir cosas bonitas en cosas horrendas —como por ejemplo, el amor en sufrimiento—. También tenemos el don de la poca paciencia, que nos hace creer demasiado fácil que todo está perdido y nada se va a solucionar. ¡Pero no sufras más! Hay algunas cosas que puedes hacer para ser feliz con tu pareja YA.
En primer lugar, debe saber que para construir una pareja feliz y duradera en el tiempo, debe estar enamorado. Fíjese si el problema no está allí, ya que esto le quitará un montón de dudas al respecto. Recuerde: la baja autoestima, la necesidad de sentirse querido o de tener pareja por la razón que sea —generalmente, algún tipo de presión social; aunque también podría ser para esconder situaciones tan "vergonzosas" como ser homosexual o asexual— no llevan a buen puerto. Generalmente, escogemos entre las personas que se nos acercan y no a quien de verdad deseamos, y por ende, difícilmente nos enamoremos.
En segundo lugar, tenga en cuenta que la persona de la que uno se enamora no es perfecta, ni su misión en la vida es hacer todo lo que usted desea cual pequeño dictador. Probablemente usted tenga un millón de defectos que su gran ego no sabe apreciar, pero lo cierto es que esas cosas del otro que nos resultan imposibles de soportar, puede que sean nimias comparado con los estúpidos que podemos llegar a ser. Así que, a menos que esté saliendo con una persona violenta, posesiva o represora, entienda que va a tener defectos, que uno puede elegir no soportarlos, pero que no va a haber nadie que no tenga nada que no nos moleste. Y antes de mandarlo de nuevo al bello lugar por el que salió y vio la vida porque no colgó la ropa, recuerde ese día en que usted no fregó los platos porque estaba más interesante la película que estaban dando en la tele. La ropa no se suicidó por no haber sido colgada —valga lo gracioso de la cuestión— ni los platos quedaron inutilizables por lavarlos cinco horas después. Hay cosas más importantes.
Y esto enlaza perfectamente con el punto final. En tercer lugar, relájese. Duerma sin despertador siempre que pueda, discuta los problemas abrazado y cocina algo rico el fin de semana. Tome a su pareja como si fuera el gran Lexotán de su vida, esa cosa que le devolverá la calma cuando todo lo demás esté mal. Capaz que así, y solo así, conseguirá la felicidad con su pareja. Ya.